Por Elvin Castillo-El Pregonero
Picoteando el Espectáculo
La Presidencia de la República no puede convertirse en un concurso de popularidad, ni en el premio mayor de un algoritmo, ni en el resultado de una moda pasajera en las redes sociales. Un país no se gobierna con likes. Se gobierna tomando decisiones difíciles.
A nivel global se viene produciendo un profundo proceso de desafección hacia la clase política tradicional. Millones de ciudadanos, cansados de la corrupción, de las promesas incumplidas y de los mismos liderazgos de siempre, han comenzado a apostar por figuras outsiders: personas que prometen romper con todo lo existente y presentarse como la única solución a todos los problemas. Ese fenómeno ya ha transformado la política en varios países y comienza, tímidamente, a asomarse en la República Dominicana. Es ahí donde debemos detenernos a pensar.
Nuestro país tiene características muy distintas a las de gran parte de América Latina. Muchos de los fenómenos de inestabilidad política que dominaron la región nunca lograron consolidarse aquí. Mientras buena parte del continente giró hacia la izquierda radical o atravesó profundas crisis institucionales, la República Dominicana mantuvo un camino propio. Con todas nuestras deficiencias, preservamos la estabilidad democrática y económica. No llegamos hasta aquí por casualidad.
Hemos cometido errores. Muchos. Tenemos corrupción, deficiencias históricas en educación, problemas estructurales en salud, desafíos urgentes en seguridad ciudadana y una creciente frustración con parte de la clase política. Todo eso es rigurosamente cierto.
Pero también es verdad que somos uno de los países que más ha crecido en la región durante los últimos cuarenta años; que hemos atraído inversiones, desarrollado una poderosa industria turística, fortalecido nuestras zonas francas y construido una economía que hoy es referente en América Latina. Nada de eso significa que debamos conformarnos.
Significa, más bien, que debemos cuidar con celo lo que hemos construido mientras corregimos con urgencia lo que todavía funciona mal. Porque una cosa es reformar el sistema para mejorarlo, y otra muy distinta es destruirlo. La desesperación rara vez produce buenas decisiones.
La historia está llena de pueblos que, asfixiados por sus problemas, terminaron entregando el poder a supuestos salvadores que prometían acabar con todo y terminaron destruyendo mucho más de lo que corregían. Los votos pueden ganarse apelando puramente a las emociones, pero gobernar exige conocimiento técnico, templanza y, sobre todo, una conducta socialmente adecuada.
No puede ser que en la República Dominicana parezca no tener ningún mérito haber sido una persona de bien, de principios, de estudios y de comportamiento correcto durante toda la vida, y que, de repente, figuras que hayan tenido con conflictos con la ley, pasados cuestionables o promotoras de antivalores aspiren a dirigir la nación.
Soy un fiel creyente de que la gente tiene derecho a reinsertarse en la sociedad. Sin embargo, para aspirar a posiciones electivas, y más aún a la Presidencia, debería ser un requisito moral implícito contar con formación, conocimientos y la madurez necesaria para el cargo. Personas que insultan a los demás, que irrespetan a los adultos mayores, a las autoridades, a sus colegas y a sus propios colaboradores, con evidentes problemas de estabilidad emocional, sencillamente no están aptas para la alta responsabilidad de conducir un Estado.
La democracia lo permite todo y otorga derechos a todos por igual, pero en democracia también tenemos el derecho de preferir la decencia, el respeto al prójimo y los valores que nos inculcaron nuestros padres. Aunque hoy lo moderno, lo banal y lo superficial parezca la norma, tenemos el derecho y el deber de resistirnos a esa corriente.
Si buscamos el origen de lo que somos los dominicanos, los Padres de la Patria y los hombres y mujeres que construyeron nuestra historia jamás promovieron semejantes antivalores. Es verdad que la educación o la clase social no garantizan por sí solas la integridad, y que la propia clase política desgastada ha provocado gran parte de este desencanto. Pero la solución a ese desgaste no puede ser un experimento irresponsable.
Muchos venimos de barrios y de campos, pero decidimos estudiar y elegir el camino largo y difícil. Somos de barrio, sí, pero somos profesionales decentes. No miramos el mundo desde el resentimiento ni promovemos el caos para aprovecharnos de la vulnerabilidad ajena ni manipular la mente de los más manipulables.
Cuando tienes un problema del corazón buscas un cardiólogo; si necesitas volar un avión buscas un piloto; si necesitas construir un edificio buscas arquitectos e ingenieros. ¿Crees entonces que cualquiera puede ser presidente de la República?
Me preocupa observar cómo personas con influencia en la opinión pública comienzan a normalizar la idea de que cualquiera puede dirigir un Estado simplemente porque conecta emocionalmente con una parte de la población o porque domina la conversación en las plataformas digitales. Eso es un error de cálculo histórico. Administrar un Estado no se parece en nada a dirigir una empresa, y guiar el destino de una nación exige mucho más que carisma y views en una transmisión en vivo.
La República Dominicana solo puede seguir avanzando si mantiene algo que ha sido determinante durante décadas: la confianza. Y esa confianza no nace de la «chercha», ni depende de quién hace el video más viral de la semana. La confianza se construye con estabilidad institucional, seguridad jurídica, reglas de juego claras, responsabilidad fiscal y liderazgo serio.
Esa confianza tiene, además, un enorme valor económico. El sector privado genera alrededor del 85 % del Producto Interno Bruto y cerca del 90 % de toda la inversión que recibe el país. El turismo, las zonas francas, la construcción, la banca y la capacidad del propio Estado para obtener financiamiento dependen de esa credibilidad.
El dinero es probablemente lo más cobarde que existe: donde percibe incertidumbre, no llega; donde percibe improvisación, se frena; donde percibe inestabilidad, se esconde. Y cuando el capital se asusta y deja de llegar, no son los grandes empresarios quienes sufren primero. Son los trabajadores que pierden sus empleos, las familias que encuentran más difícil conseguir un crédito, los pequeños comerciantes que venden menos y los sectores más vulnerables quienes terminan pagando el precio más alto.
Por eso debemos ser extremadamente cuidadosos con el rumbo que escogemos. Claro que necesitamos renovar la política, pero debemos hacerlo con una nueva generación que tenga la capacidad y los principios que realmente identifican a la mayoría del pueblo dominicano. Porque no es verdad que la mayoría de los dominicanos se parece a estos nuevos influencers que aspiran a dirigir la nación.
Ellos tienen todo el derecho de opinar, aspirar y criticar; pero nosotros tenemos el derecho y la responsabilidad de advertir al país y plantear opciones alejadas de esa aventura sin sentido.
Las democracias no suelen derrumbarse de un día para otro. Empiezan a debilitarse en silencio cuando el espectáculo sustituye al criterio, cuando la emoción desplaza a la razón y cuando dejamos de valorar las instituciones que nos han permitido vivir en libertad y mirar el futuro con esperanza.
La República Dominicana necesita una mejor política, mejores gobernantes y verdaderos estadistas. Porque la Presidencia de la República no es un reality show. Es la responsabilidad más grande que puede asumir un dominicano, y a ese cargo no se llega a ver qué pasa, sino a conducir con pulso firme el destino de toda una nación.










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