Érase una vez en que había pudor. La gente se acomodaba el rostro cuando tenía una cámara delante. Nadie quería que su imagen quedara atrapaba en el tiempo haciendo una ridiculez o en una pose comprometedora.
Pero parece que al agua que bebemos le han echado una dosis de desfachatez. Algunos tienen mejor sistema inmunológico y no presentan síntomas; en otros, los efectos son inmediatos y desbordados.
Darle una galleta a alguien frente a las respetuosas cámaras de la prensa ya es normal. Soltar una retahíla de palabras soeces en un programa de televisión o de YouTube, también.
Lo extraordinario dejó de serlo. Ahora manda lo normalizado. Y la excusa seca, a posteriori, con argumentos trillados, es la "cherry" del pastel.
Lo que fue ya no tiene espacio. En este cuento no hay final feliz ni colorín colorado.
Quizás un día las cámaras profesionales y las de los celulares se rebelen, como la burra de Balaam, y se nieguen a seguir grabando tantas estupideces.
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