En la verdad histórica de los hechos, fue a partir de 1970 que comenzó ese proceso de transformación, en términos culturales y musicales en el país, particularmente en la ciudad capital. Hasta ese momento la orquesta de Luís Alberti amenizaba todas las noches en el patio español del hotel Jaragua, bailables que comenzaban a partir de las 9; la orquesta de Rafael Solano, por su parte, amenizaba en el patio español del hotel “Paz”, hoy Hispaniola; y en la Ciudad Colonial, en el antiguo hotel restaurant El Conde, convertido en restaurant Panamericano, amenizaban diferentes conjuntos musicales, que al igual que la orquesta Santa Cecilia de Luís Alberti y la de Rafael Solano, interpretaban la música folklórica dominicana que cantaban toda una gama de intérpretes populares que encabezaban Pipí Franco, Joseíto Mateo, Vinicio Franco, Francis Santana, Frank Cruz, cantante del conjunto de Félix del Rosario y el Negrito Macabí, que además de cantar, con esmerada entonación, bailaban solos al frente de esas orquestas.
Apareció, como ola indetenible, toda esa basura “musical” que, en poco tiempo desnaturalizó las esencias de la música folklórica dominicana, desapareciéndola, no como borrador en pizarra, sino como lanilla húmeda, que no deja rastros de lo que en la pizarra se había plasmado. Enterraron, si cabe la expresión. Desaparecieron de la memoria del pueblo, los nombres y las interpretaciones por “perico ripiao” conjuntos típicos y orquestas de los merengues auténticos y tradicionales de nuestro folklor; no volvieron a escucharse jamás “Juan Gomero”, “La Batuta”, “Compadre Pedro Juan”, “Dolores”, “Vete Lejos”, “Hatillo Palma”, “El Pelero”, “Juanita Morel”, “Fiesta”, “Leña”, “Loreta”, y entre los más populares, “Caña Brava”, “Los Saxofones” y “El Chivo”, inventándose que este último, merengue que pertenece al folklor de autor anónimo desde hace más de sesenta años, fue inspirado como expresión cultural del ajusticiamiento de Rafael Trujillo Molina.
Comenzó a imponerse, como hemos afirmado, toda esa basura “musical” en la cual la ausencia de la prosa folklórica maliciosa, rica, con extraordinaria picardía, hacía de nuestra música un paradigma de los países hispanoamericanos. Solamente el son, cubano, tiene la belleza y el ritmo hermoso y sensual de nuestro auténtico merengue. Se han compuesto por docenas, con letras repletas de pornografía insolente e irrespetuosa, un absurdo que llaman “merengue de calle”, que además de risa, genera entre quienes los oyen compasión y más que compasión pena por la pobreza ridícula de los que cantan y bailan. Además de esa pobreza el nombre o calificativo, o mejor dicho, auto calificativo de los “artistas” que los interpretan: “El Cata”, “Vakeró”, “La Aldaba”, “El Ziper”, “La Bragueta”, “La Muela”, “El Colmillo”, Etc.(El Nacional)
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